
Cuando era niño siempre había en la ciudad algún pequeño delincuente con fama de matón, ganada a pulso a base de pequeñas proezas delictivas: hurtos, intimidaciones y amenazas a cualquiera que se cruzase en su camino. Pasados los años, estos aprendices de malote envejecían muy mal, porque siempre terminaban por dar con algún otro individuo de peor ralea que les respondía empleando sus mismas cartas doblándoles la apuesta; o chocaban de frente con las autoridades y hacían de las penitenciarías su primer hogar.
Hoy, sin embargo, bien entrado el siglo XXI, los matones son globales, ostentan presidencias de gobiernos y campan a sus anchas por este pequeño mundo lanzando cohetes -que asesinan a niños- como si fueran píldoras de salvación. Mienten mucho más que hablan, aunque nadie los cree. Están desnudos, igual que el rey del cuento al que no le decían que iba en cueros por miedo a su reacción. Es posible que los acólitos que los siguen a pies juntillas no se atrevan a ser sinceros con ellos. Suele ocurrir. Cuanto más poderosos se sienten, menos críticas admiten.
Y hemos de dar gracias por el hecho de que todavía queden influyentes personas juiciosas en nuestro frágil planeta azul. El mismísimo jefe de la iglesia cristiana se ha plantado y ha dicho lo que todos pensamos: que hay que denunciar las guerras porque en ellas se matan inocentes. Añado que sería mucho mejor convivir y ayudarnos que exterminarnos por un palmo de tierra, de petróleo o de ego.
Los impunes matones globales no entienden a los ciudadanos pacíficos. El derecho a la vida, que debiera primar sobre cualquier otro derecho, no les parece necesario; y las víctimas de sus enemigos son menos que víctimas: no son nada. El dolor ajeno no existe. Su lógica se rige más por un instinto depredador animal que por lejanos atisbos de razón. Así las cosas, me pregunto, ¿cómo terminarán sus días estos matachines de guante blanco? ¿Les llegará el arrepentimiento, aunque tarde? ¿Serán expulsados de sus tronos por hastío y vergüenza de quienes los apoyan? Lo que es seguro es que no morirán en ninguna de esas guerras que promueven. Los matones globales del siglo XXI se cuidan muy bien de no pisar una trinchera, ni sobrevolar un barrio amenazado o una calle popular de los países que han marcado en rojo en las solapas de sus agendas. Y así, jugando a ser malvados sin descanso, se pierden el significado de verbos tan importantes como descubrir, confraternizar o empatizar. Allá ellos.